Carta 02
25 septiembre 2026 · 5 min de lectura
La tercera silla
El lugar que dejamos al desacuerdo.
Querido lector:
Cuando dos personas discuten, solemos mirar únicamente las sillas que ocupan: una frente a la otra, cada cual junto a su herida y a la versión de los hechos que ha aprendido a defender. Pero en medio de ambas queda, casi siempre, un sitio vacío. No es una silla mágica ni promete que todo vaya a terminar bien. Es, sencillamente, el espacio donde la conversación todavía podría empezar.
A esa posibilidad la llamo la tercera silla. No pertenece a ninguno de los dos lados. Tampoco es el asiento de quien reparte culpas desde una altura cómoda. Es el lugar desde el que podemos escuchar sin renunciar a la verdad, poner un límite sin convertir al otro en un monstruo y nombrar el daño sin usarlo como una condena perpetua.
Escuchar no significa dar la razón. A veces, precisamente porque tomamos en serio lo ocurrido, necesitamos decir que no, pedir que algo cambie o apartarnos. La convivencia no exige que borremos las diferencias ni que llamemos paz a cualquier silencio. Hay silencios que protegen al poderoso y silencios que permiten respirar a quien ha sufrido. Aprender a distinguirlos también forma parte del cuidado.
En la mediación, la tercera silla recuerda que entre una acusación y una respuesta puede abrirse un intervalo. Allí las palabras dejan, por un instante, de ser piedras. No siempre conducen a la reconciliación: algunas conversaciones terminan con una distancia más honrada, con una responsabilidad reconocida o con un límite que ya no se negocia. También eso puede ser un avance. No toda paz se parece a un abrazo; a veces se parece a poder marcharse sin destruir al otro ni destruirse uno mismo.
Este mes he publicado La tercera silla, un ensayo sobre mediación, conflicto y convivencia. Su pregunta cabe en una mesa familiar, en un aula, en el trabajo y en la conversación pública: ¿cómo seguimos compartiendo mundo con quien no piensa, siente o recuerda como nosotros? No tengo una fórmula que sirva para todos. Tengo, en cambio, la esperanza de que escuchar mejor nos permita elegir con más lucidez qué palabra decir y qué frontera cuidar.
También la última columna, Mentes prestadas, vuelve sobre esa responsabilidad: incluso cuando una máquina nos ayuda a escribir o pensar, no conviene entregarle el juicio que nos corresponde. Y Entreletras ha contado la llegada de la segunda edición revisada de Piedra y Herejía: Úbeda, 1588, una novela donde la verdad y la conciencia vuelven a medirse con el poder.
Quizá no podamos escoger el conflicto que nos encuentra. Sí podemos intentar que no nos quite el lenguaje, la proporción ni la humanidad. A veces, para que una mesa no se convierta en un campo de batalla, basta con dejar una tercera silla sin dueño y preguntarnos qué sería posible decir desde allí.
Francisco Dancausa RuizCórdoba · Septiembre de 2026